Análisis Ley del Montes | Juan Manuel Santos, ¿el incomprendido?

Por Oscar Montes

¿Cómo se explica que el presidente logre la paz con las Farc después de 52 años de conflicto, desmovilice a más de 6.000 guerrilleros, gane el Premio Nobel de Paz, pero apenas tenga el respaldo del 19 por ciento de los colombianos?

Dos hechos muestran la gran paradoja que vive Juan Manuel Santos como Presidente de la República: mientras más de 6.000 guerrilleros de las Farc se desplazaban por ríos y montañas para asentarse en las llamadas Zonas Veredales Transitorias de Normalización con el fin de preparar su desmovilización definitiva, se conocía el más reciente estudio de aprobación a su gestión por parte de la firma encuestadora Yanhass, según la cual apenas cuenta con un 19 por ciento de respaldo, la cifra más baja de un presidente en la historia del país.

Otra noticia positiva para Santos durante la semana fue la celebración en Bogotá de la Cumbre Mundial de Nobeles de Paz, evento en el que recibió una aclamación sin precedentes. Todo el auditorio se puso de pie durante varios minutos para ovacionarlo, gesto que agradeció con profunda emoción.

Juan Manuel Santos es, pues, un héroe para el mundo por haber firmado la paz con las Farc después de cinco décadas de guerra y un villano para el 80 por ciento de los colombianos que desaprueba sus dos mandatos consecutivos. Curiosamente, tanto el amor que despierta en unos como el desprecio que genera en otros son producto del mismo hecho: haber negociado con las Farc.

La firma de la paz –aunque costosa para su imagen interna, como lo muestran todas las encuestas– le resultó benéfica en lo personal, pues por cuenta de ella se hizo acreedor al Premio Nobel de Paz, el segundo que recibe un colombiano, luego del de Literatura que ganó Gabriel García Márquez en 1982.

“Por supuesto que me gustaría que los colombianos me recuerden como el presidente que logró la paz”, ha dicho en reiteradas oportunidades con mucha vanidad y una buena dosis de orgullo. Y así será: Santos es el presidente de la paz, como Belisario Betancur es el del Palacio de Justicia y Armero, César Gaviria el de la Constituyente, Ernesto Samper el del proceso 8.000, Andrés Pastrana el del Caguán y Álvaro Uribe el de la mano dura contra las Farc.

La paz con las Farc –según el propio Santos– lo alejó de su clase social y lo convirtió en una especie de traidor de la aristocracia bogotana –a la que pertenece desde la cuna– y también de los llamados “dueños del país”, es decir una especie de Franklin Delano Roosevelt, el salvador de Estados Unidos después de la crisis de 1929, quien se ufanaba de ser un “traidor de su clase”, por cuenta de haber gobernado para los más necesitados.

Santos no es un traidor de su clase, como Roosevelt, aunque no deje de pregonarlo. Los hechos indican todo lo contrario y ello incluye -claro- la negociación con las Farc, que deberá ser financiada en buena medida por la clase media y asalariada del país, no por los ricos y más pudientes, como de manera cínica afirma el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, cerebro de dicha Reforma. La plata para financiar los proyectos que servirán para materializar los acuerdos de La Habana saldrá de los bolsillos de la clase media colombiana y no de los bolsillos de los más ricos.

Y es ahí donde radica, precisamente, la aparente “incomprensión” de Santos como gobernante. A Santos los colombianos no le cobran la paz, como pareciera, sino los magros resultados en materia económica y -sobre todo- las perversas iniciativas como la Reforma Tributaria que saquea los bolsillos de millones de colombianos, mientras todos los días se conocen casos y casos de corrupción a lo largo y ancho del país.

Así como la paz con las Farc es un hecho, también lo es la pauperización de la clase media nacional, por cuenta de una Reforma Tributaria, coyuntural que tuvo como único fin “cuadrar caja”, incrementado el IVA al 19 por ciento y metiéndole las manos en los bolsillos a los colombianos. A Santos los colombianos de a pie, hombres y mujeres, no le cuestionan que haya firmado la paz con ‘Timochenko’ -aunque a muchos no les guste- sino que sus salarios ya no les alcanzan ni para comprar arroz, aceite, jabón y las toallas higiénicas. De manera que Santos, ni es incomprendido ni es traidor de clase.

A la hora de escoger entre la paz con las Farc y el IVA al 19 por ciento, los colombianos piensan mucho más en el pan para mañana que en la paz con ‘Timochenko’. Ahí radica la explicación del precario 19 por ciento de aprobación para Santos. Ningún Presidente podrá ser popular a costillas de los bolsillos vacíos de los colombianos.

Pero Santos no es el único damnificado, ni “incomprendido” en las encuestas. Todos sus ministros también salen muy mal librados y ninguno logra salvarse, ni siquiera aquellos que se consideran “presidenciables”, como Juan Fernando Cristo, del Interior; Mauricio Cárdenas, de Hacienda; Aurelio Iragorri, de Agricultura; y Clara López, de Trabajo.

Varios de ellos hacen parte de lo que Santos llamó esta semana el “Gabinete del posconflicto”, es decir, serán los ministros que se encargarán de la implementación y materialización de las iniciativas que salgan del Congreso de la República, como resultado de los acuerdos de La Habana entre el Gobierno y las Farc.

¿Es Santos un traidor de clase, como fue Franklin Delano Roosevelt? ¿Porque a Santos lo quieren en el exterior y lo detestan en Colombia? ¿Qué tan liviano es el Gabinete del posconflicto?

Juan Manuel Santos, ¿traidor de clase?

“El sol de la paz brilla para Colombia, después de cincuenta años de guerra”, dijo Santos -eufórico- durante la instalación de la Cumbre de Premios Nobeles de Paz en Bogotá. Pero ese mismo sol no brilla para el propio Santos, a juzgar por los resultados de la más reciente encuesta de Yanhass que apenas le da un magro 19 por ciento de aprobación.

Además, ese mismo sol este año empezará a ubicarse a sus espaldas, pues dentro de muy poco empezará en firme y en serio la campaña presidencial de 2018, donde Santos empezará a ser tratado más como expresidente que como presidente en ejercicio. Resulta por lo menos paradójico que el país -al menos el 80 por ciento de los encuestados por Yanhass- no le reconozca a Santos sus logros en materia de paz.

A muy pocas personas -empezando por el propio Santos- les cabe en la cabeza que ello sea así, pues esos niveles de rechazo no los tuvieron ni Samper ni Pastrana, dos de los presidentes más impopulares del país en los últimos años. La escandalosa desaprobación de Santos no es por haber traicionado a los oligarcas del país, sino por todo lo contrario: por no haberlos traicionado.

Punto. La Reforma Tributaria se sostiene sobre los hombros de la clase media nacional, pues tiene como pilar al peor de los impuestos y el más regresivo de todos: el IVA, que es el que saquea los bolsillos de los asalariados del país. Santos está tocando fondo en las encuestas no por hacer la paz con ‘Timochenko’, sino por haberle declarado la guerra a la clase media del país. Mostrarse como “traidor de clase” solo le sirve como excusa para pretender igualarse a Roosevelt, así como en alguna oportunidad pretendió igualarse a Churchill. Es un asunto de marketing.

Colombianos reconocen el milagro, pero no el santo

Más de 6.000 guerrilleros salieron de sus campamentos en lo profundo de la selva para llegar a las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN), de donde saldrán, posteriormente, sin fusiles, vestidos de civil y sin prontuario criminal. Se trata -¡sin duda alguna!- del más grande logro en materia de paz en la historia de Colombia. Pocos llegaron a imaginarse que sus ojos verían las imágenes de guerrilleros con fusiles al hombro estrechando las manos de soldados del Ejército Nacional, los mismos que hasta hace muy poco eran sus enemigos más encarnizados.

Los ‘chulos’, les decían en los campamentos guerrilleros. Santos logró lo que parecía imposible y esta semana quedó evidenciado que la paz con las Farc no tiene reversa. Pensar lo contrario es asumir una postura no solo absurda, sino carente de sentido histórico. La última vez que el mundo presenció un despliegue militar de esa magnitud por parte de las Farc fue durante los diálogos del Caguán, en tiempos del ‘Mono Jojoy’, quien soñaba con construir carreteras para llegar triunfante a la Plaza de Bolívar. En aquella oportunidad, las Farc mostraron su poderío, el mismo que después perdieron por cuenta del fortalecimiento de nuestras Fuerzas Militares, durante los gobiernos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Ver a miles de hombres de las Farc “echando pata” por trochas y caminos de herradura para dejar atrás la guerra sirvió para convencer a muchos incrédulos de que la paz con ese grupo guerrillero sí es posible. Resulta por lo menos curioso que la inmensa mayoría de los colombianos reconozca el milagro (la paz con las Farc), pero no el santo que lo hizo posible (el presidente Santos), a juzgar por los resultados de las encuestas.

¿A las Farc hay que creerles?

Una razón por la cual millones de colombianos desconfían de los acuerdos de paz y de sus protagonistas, incluyendo al presidente Santos, es la manera cómo se manejó y se sigue manejando la negociación de La Habana y el cumplimiento de los compromisos adquiridos.

Es el caso de los menores reclutados a la fuerza por ese grupo guerrillero, que aún hoy sigue siendo una gran incertidumbre, hasta el punto de que ni el jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto De la Calle, ni el alto comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, están en capacidad de decir cuántos son, ni dónde están. Nadie -¡ni las propias Farc!- saben cuántos son ni dónde están. Esa incertidumbre es la que genera la desconfianza que hoy tienen millones de colombianos en el proceso de paz con las Farc.

Esa delicada situación es producto de la aplicación de la nefasta premisa presidencial, según la cual “a las Farc hay que creerles”. La historia, los hechos y las evidencias demuestran todo lo contrario: a las Farc no hay que creerles. A las Farc hay que probarles que -en efecto- tienen miles de niños reclutados a la fuerza en sus campamentos, como también hay que probarles que se financian del secuestro, la minería ilegal y el narcotráfico. Nada de eso se probó -aun teniendo cómo hacerlo, como bien lo sabe el general Óscar Naranjo, futuro Vicepresidente- puesto que de lo que se trataba la negociación era en creer todo lo que las Farc dijeran. Y las Farc -claro- lo negaron todo. Ahí radica también buena parte de esa enorme desaprobación a la gestión de Santos.

Adiós a las armas, ahora sí

Aunque nada hace pensar que las Farc volverían de nuevo al monte, al menos los seis mil que llegaron a las Zonas Veredales Transitorias de Normalización, no se puede desconocer tampoco que el proceso carece del respaldo popular suficiente para lograr su plena consolidación.

Encuestas recientes indican que el 68 por ciento de los colombianos no creen en la negociación, cifra que muestra el grado de desconfianza que tiene la opinión pública en los acuerdos de La Habana. Se trata de un apoyo demasiado precario para una empresa muy ambiciosa. Ahí radica la gran debilidad de lo pactado con las Farc. Tanto es así que varios congresistas de la Unidad Nacional -los mismos que se muestran como defensores de los acuerdos en los micrófonos de las emisoras del país- afirmen por debajo de la mesa que “si la paz fracasa, pues que las Farc se regresen al monte”.

Ese cinismo y esa irresponsabilidad es lo que podría llevar al fracaso el logro histórico alcanzado hasta el momento. Aunque el Plebiscito por la Paz arrojó como resultado el triunfo del ‘No’ y la derrota del ‘Sí’, no se puede desconocer que la paz con las Farc es un hecho político trascendental en la historia de Colombia. Las Farc en cabeza de sus jefes decidieron apostarle a la vía política y no a la militar para acceder al poder. Es decir, tomaron la decisión de buscar por las urnas lo que no pudieron alcanzar mediante los fusiles, los morteros y los ataques terroristas a poblaciones y estaciones de Policía. Decirle adiós a las armas -ahora sí- es la mayor apuesta política por parte de las Farc desde su creación en tiempos de Marulanda y los llamados “marquetalianos”. ¿Ganarán la partida con estas nuevas cartas? El tiempo lo dirá.

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