Análisis Ley del Montes: Lecciones de la Selección para el proceso de paz

POR:
ÓSCAR MONTES – @LEYDELMONTES

¿Cuáles son las enseñanzas de la Copa América que se juega en Chile, tanto para el equipo nacional como para los negociadores de La Habana?

Esta tarde la Selección Colombia de fútbol se juega su suerte en Chile. Si las cosas salen bien podría ser primera del grupo, y si salen mal sería última y quedaría eliminada de la Copa América. No hay más plazos. Después de perder con Venezuela y de ganarle a Brasil, el equipo no tiene otra opción que derrotar a Perú para pasar a la siguiente ronda.

En el que podríamos llamar “el partido por la paz” las cosas están más o menos igual: o se logra un triunfo significativo en la mesa de conversaciones de La Habana, que le permita a los colombianos creer en una negociación exitosa con las Farc, o el estancamiento actual de los diálogos terminará por sepultarlos sin pena ni gloria. Al igual que pasa en Chile con la Selección Colombia, en La Habana los plazos están por cumplirse. De hecho, una iniciativa de unos congresistas encabezados por Antonio Navarro y Claudia López propone la inclusión de una “séptima papeleta” en las elecciones de octubre en la que se les fije a la negociación con las Farc el 9 de abril del próximo año como fecha perentoria para que el Gobierno y la guerrilla logren acuerdos definitivos.

El presidente Juan Manuel Santos aprovechó su reciente gira por Europa –que incluyó entrevista con el papa Francisco y visita a Oslo– para seguir vendiendo la paz colombiana. En todos sus encuentros destacó los avances de las conversaciones y se mostró optimista sobre los resultados finales de las mismas, pese al difícil momento que atraviesan por cuenta de la arremetida de las Farc contra la infraestructura nacional y la Fuerza Pública, luego de romper unilateralmente la tregua que sus jefes habían decretado desde La Habana en diciembre pasado.

Ni el asesinato del coronel de la Policía, Alfredo Ruiz, así como del patrullero Juan David Marmolejo, por parte de las Farc, lograron que Santos le bajara un poco los decibles a su desbordante entusiasmo. De hecho, descartó las sugerencias que apuntaban a la suspensión de las conversaciones –como ocurrió cuando las Farc secuestraron al general del Ejército Rubén Darío Alzate en el Chocó– y por el contrario pidió a los negociadores pisar a fondo el acelerador.

De su encuentro privado con Francisco en el Vaticano trascendió –por boca del propio Santos– que el papa le habría dicho que es el mandatario por el cual “más ha rezado”, y de su visita a Oslo, Noruega, llamó la atención su frase según la cual en “Colombia el posconflicto ya comenzó”. Esta última afirmación ha sido objeto de una gran controversia nacional, pues mientras el mandatario habla en Europa de “ríos de miel”, en Colombia las Farc vuelan torres de energía y oleoductos, dinamitan carreteras y matan soldados y policías.

A propósito de la eliminación de la llamada visa Schengen –que permitirá a los colombianos visitar varios países europeos hasta por 90 días– en las redes sociales miles de personas se encargaron de recordarle a Santos que más que visas para viajar por el Viejo Continente, lo que se requiere con urgencia es seguridad para poder viajar por todo el país. “Santos parece empeñado en hacernos perder ocho años de Seguridad Democrática. Regreso de Farc a Urabá”, escribió el expresidente y actual senador por el Centro Democrático Álvaro Uribe Vélez, en su cuenta Twitter.

La Selección Colombia –por su parte– nos amargó la vida al perder con Venezuela –resultado que no estaba en los cálculos ni del más pesimista– pero luego nos llevó a tocar el cielo con las manos al derrotar a Brasil, después de 24 años de no poder vencer al poderoso pentacampeón del mundo. Esta tarde sabremos cuál será nuestra suerte en la Copa América: o seguimos en Chile en busca del título o nos regresamos al país a rumiar nuestra desgracia por la eliminación.

Tanto la sorpresiva derrota con Venezuela como el reconfortante triunfo ante Brasil dejaron muchas enseñanzas, algunas de las cuales deberían ser aplicadas por el Gobierno y por quienes hacen parte del equipo negociador en La Habana. Una de ellas es que el triunfalismo es muy mal consejero y que los resultados se logran cuando se deja de lado el egoísmo y se piensa más en el interés general que en el personal. Quien mejor resumió la situación fue el defensa de la Selección Cristian Zapata, quien afirmó: “Cuando se juega en equipo las cosas son más fáciles”. Punto. Por muy buenos jugadores que sean James Rodríguez y Falcao García –grandes figuras en Europa– si pretenden imponer su voluntad por encima de la del grupo entonces unos y otros fracasarán de forma inexorable.

Pero el país también debe aprender la lección de los triunfos y las derrotas de la Selección. Por perder ante Venezuela no somos el peor equipo del mundo y por ganarle a Brasil tampoco somos los pentacampeones mundiales. La euforia por el triunfo no nos puede hacer perder el sentido de la realidad, y el abatimiento por la derrota no nos puede llevar a claudicar en la búsqueda de nuestras metas. El desbordante optimismo es tan nocivo como el rebosante pesimismo. Y ello aplica tanto para el fútbol como para la vida misma. Los partidos no se ganan antes de jugarlos y una derrota –por dolorosa que sea– no puede destruir la unidad del equipo. Lo dijo James Rodríguez, la gran estrella de la Selección: “Queremos que no solo estén cuando ganemos, también cuando perdamos. El apoyo es importante para que podamos ganar cosas”. ¿Cuáles han sido las lecciones que ha dejado la Copa América para la Selección y para el proceso de paz?

El triunfalismo es muy mal consejero
En las cuentas de los colombianos estaba un triunfo ante Venezuela. Sin haber jugado, ya los comentaristas de fútbol –que somos todos– teníamos en la mochila esos tres puntos. Ganamos el partido antes de jugarlo. El triunfalismo se apoderó de todos y por eso la derrota nos dolió tanto. Y en el caso de la negociación con las Farc, es evidente que pensar –y hablar– con el deseo no es lo más aconsejable, sobre todo cuando las conversaciones atraviesan su peor momento, por cuenta de la arremetida de las Farc. No es cierto –como dice Santos– que Colombia ya está en el posconflicto. Nada más alejado de la realidad. Las Farc siguen reclutando menores, sembrando minas antipersona y dedicadas al narcotráfico, como lo han denunciado el Ejército y organismos de Estados Unidos. Querer que las cosas pasen no hace que los deseos se cumplan. Hay una realidad objetiva y cruel que deja en ridículo al Presidente. El posconflicto solo llegará cuando se supere el conflicto. Punto. Antes no, por más que Santos así lo quiera. Hablar de posconflicto cuando la guerra sigue y el ministro que había sido designado por Santos para esa misión, el general Óscar Naranjo, renunció es un exceso de triunfalismo que hace daño a la negociación, pues crea falsas expectativas. La sabiduría popular indica que no se puede ensillar antes de traer las bestias.

El equipo está por encima de los individuos
El triunfo de la Selección es el triunfo de Colombia. Los partidos no los gana James, Falcao, Teo, Bacca, Sánchez, Ospina, Armero, Zúñiga o Pékerman: los gana Colombia. Por eso cuando el equipo pierde el desasosiego es generalizado y cuando gana todos los colombianos nos volcamos a las calles a celebrar jubilosos. “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”, decía Eduardo Galeano. Pues bien, cuando se trata de la Selección Colombia la devoción por el equipo no tiene límites. Y en el caso de los diálogos de La Habana, uno de sus grandes errores es pretender ponerle una sola camiseta. La paz –si se logra– no puede ser únicamente santista. La paz debe ser el resultado de la suma de las voluntades de todos los colombianos, incluyendo a quienes critican las conversaciones de La Habana. Punto. Por eso el Gobierno se equivoca de forma grave cuando pretende graduar de enemigos de la paz a quienes cuestionan los diálogos. A diferencia de lo que sucede con la Selección, no todos los colombianos tienen puesta la camiseta de La Habana. Pero no es porque sean enemigos de la paz, como dicen Santos y Timochenko, sino porque dudan de las condiciones bajo las cuales se negocia. En La Habana lo que está en juego no es el “capital político” de Santos, sino la suerte de Colombia. No se trata de un jugador sino de un equipo.

Nadie hará el trabajo por nosotros
De haberle ganado a Venezuela el primer partido, hoy la Selección no vería comprometida su clasificación. El triunfalismo y el creer –de forma equivocada– que la sola camiseta alcanzaba para derrotar al equipo Vinotinto tiene a la Selección –y al país– sufriendo por un resultado positivo ante Perú. Es decir: por no hacer el trabajo que le correspondía, hoy el equipo sigue sin saber su suerte en la Copa América. En el proceso de paz con las Farc nadie hará el trabajo que nos toca hacer a los colombianos. ¡Qué pena con el papa Francisco! Con tantos problemas que hay en el mundo –hambrunas en África, millones de niños explotados en Asia y miles de muertos por motivos religiosos en el Medio Oriente– y él rezando todas las noches por Santos. Y es que por mucha voluntad que tenga el Sumo Pontífice y por mucho que ore por las conversaciones de La Habana, nadie distinto a quienes negocian en la isla caribeña podrá sacar adelante los diálogos. Si las Farc no quieren hacer la paz, no la hacen ni a las buenas ni a las malas. Punto. El acompañamiento y la solidaridad de Estados Unidos y Europa también es importante, pero ninguno de ellos hará la paz con las Farc por nosotros. Las partes –sobre todo el Gobierno– no pueden delegar en terceros responsabilidades que única y exclusivamente corresponden a sus negociadores. Y entre esos terceros está –claro– el papa Francisco.

No dudar a la hora de tomar decisiones
Falcao es una de las estrellas de la Selección Colombia. Hace tan solo unos años fue considerado uno de los tres mejores jugadores del mundo, después de Messi y Cristiano Ronaldo. Una grave lesión en una de sus rodillas truncó su sueño de jugar el Mundial de Brasil. Llegó a Chile como el líder del equipo. De hecho, Pékerman le dio la cinta de capitán. Pero el desempeño de Falcao –hasta ahora– no cumple con las expectativas. Su rendimiento está lejos del que alcanzó en el Atlético de Madrid y en las pasadas eliminatorias. Ese pobre desempeño llevó a Pékerman a sacarlo del partido contra Brasil. De lo que se trata es de dejar a un lado la terquedad y tomar decisiones cuando haya que tomarlas, por muy dolorosas que parezcan. En el caso de La Habana, hay que decir que si se hace necesario replantear la negociación y sacrificar a quienes no están cumpliendo a cabalidad sus funciones, pues hay que hacerlo. Por ejemplo: sin que se trate de fijar plazos fatalistas, después de tres años de diálogos es necesario acordar un cronograma que puede cumplirse en unos términos realistas. La negociación no puede prolongarse de manera indefinida en el tiempo. Mucho más si –como lo estamos padeciendo los colombianos– las Farc siguen realizando actos de terror como si no llevaran más de 1.000 días sentadas con el Gobierno en La Habana. La tozudez del Gobierno no puede llevarlo a insistir en fórmulas que ya están agotadas.

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